Lo que me enseñó un alcohólico: ¿debe ser el médico un divulgador público de salud?

Cuando era estudiante de medicina mi compañero de prácticas y yo entrevistamos a un paciente ingresado en el Servicio de Psiquiatría, en la Unidad de alcoholismo. Nos contó que su adicción al alcohol comenzó cuando su médico le animó a tomar una copa de vino en las comidas. Más allá de su justificación a posteriori de su adicción, de la construcción de una trayectoria vital sin culpas, y teniendo en cuenta nuestra bisoñez y dificultad para rascar más allá de la superficie en su argumento, esta historia me hizo pensar por primera vez en el cuidado que hay que poner para hacer recomendaciones a los pacientes. Porque una cosa son los datos de las revistas médicas, con su epidemiología de las enfermedades y su tratamiento general, y otra muy diferente el traslado directo de esos datos al público no experto.

Esta anécdota siempre me viene a la mente cuando leo las diferentes recomendaciones respecto a la higiene oral, o sea, al cepillado de dientes, cepillado de lengua, hilo dental, etc. Tres veces al día o dos veces al día (desayuno y cena) o al menos una vez al día. Puestos a cepillarse una vez al día, ¿mejor cepillarse los dientes por la noche, o por la mañana? Y si nos cepillamos los dientes por la noche, ¿mejor justo antes de irse a la cama o justo después de cenar? El cepillado mañanero, ¿justo al levantarse o después de desayunar? Puestos a cepillarnos los dientes después de cada comida….. ¿mejor inmediatamente después de cada comida o media hora después de la comida? Y eso que no hemos mencionado el hilo dental: ¿Una vez al día, tras cada cepillado dental? Y, ¿cómo manejar la higiene de los tejidos blandos? ¿Y qué pasa con los colutorios, son una buena elección si nos saltamos algún cepillado? Y cómo hacemos la higiene oral: ¿con cepillo de dientes sólo? ¿Añadiendo cepillos interdentales, o seda dental ¿Y, la pregunta del millón: ¿Es mejor un cepillo eléctrico o un cepillo manual? Y la pregunta del medio millón: ¿cuál es el mejor dentífrico?

Cada una de estas opciones ha sido recomendada por diferentes expertos en diferentes foros. Se han publicado estudios en las revistas científicas del ramo, se han publicado metaanálisis (trabajos donde se agrupan varios estudios sobre el mismo tema), y diversas y prestigiosas universidades y hospitales publican también sus recomendaciones periódicamente.

¿Qué le podemos decir al paciente concreto? ¿Qué puede sacar el paciente concreto de las recomendaciones que nos da internet, las redes sociales, Wikipedia…?

La ruta habitual de comunicación de los avances médicos era en el pasado la siguiente: el investigador hacía el descubrimiento, lo publicaba o lo anunciaba en un congreso médico, los médicos aplicaban el descubrimiento, y poco a poco la información iba filtrando al resto de la población. En caso de descubrimientos fundamentales, a veces los medios de comunicación difundían la información desde el principio. No es ningún secreto que internet y las redes sociales han cambiado radicalmente la ruta de difusión del conocimiento en general, y del conocimiento médico en particular.

Los resultados de las investigaciones en todo el mundo están accesibles a golpe de click desde cualquier lugar, incluido un teléfono móvil (¡sobre todo, desde un teléfono móvil!). Y esto es fantástico, hasta el punto de que según expertos, vamos hacia una sociedad de la información y del conocimiento.

Sin embargo, esta accesibilidad lleva aparejada muchas veces curiosamente la pérdida de información. O al menos, la pérdida de utilidad y eficacia de la información. Estamos acostumbrados como estamos a ir deprisa, a leer el titular de las noticias y a saltar de un tema a otro sin profundizar. Con la información médica corremos el mismo riesgo. Hay, no nos engañemos, muchas personas cuyo voto se ve influenciado por titulares periodísticos. Digo titulares; ni siquiera hablo de noticias completas. Y respecto a la medicina, habrá personas que se tomen a rajatabla algún titular (hay cepillarse los dientes media hora después de las comidas tras la ingesta de alimentos ácidos, por ejemplo), que requiera una matización importante antes de llevarlo a la práctica, o que realmente requiera tener conocimientos profundos de anatomía, fisiología y patología para entender la noticia. Y también habrá quien se escudará en la lectura oblicua de alguna noticia para sacar sus propias conclusiones (por ejemplo, si después de habernos insistido en el pasado en la conveniencia de la higiene bucal después de cada comida, alguien lee que el cepillado más importante es, pongamos por caso, el de la noche, podrá llegar a la conclusión de dentro de unos años la recomendación podría llegar ser … no cepillarse los dientes en absoluto!).

Así que parece necesaria una categoría de personas que pueda interpretar los datos de las investigaciones para ponerlos al servicio de la población. Alguien que tenga conocimientos de anatomía, fisiología, fisiopatología, farmacología, cirugía y psicología, para saber a qué tipo de personas se le puede recomendar un tipo u otro de tratamientos, cuidados, o hábitos de vida y salud. Hace falta ese tipo de personas, que divulgue el conocimiento científico que se va generando. Por suerte no hay que poner en marcha una nueva carrera, una nueva profesión, no hay que entrenar a profesionales de otros ámbitos para esta tarea. Ya hay una categoría profesional preparada para este cometido: se trata del médico. Puede que en el pasado en ocasiones no haya ejercido su papel con diligencia. Puede que le haya faltado tiempo para pasar tiempo con cada uno de sus pacientes para entenderlos, y comprender sus necesidades y expectativas. Puede que en ocasiones se haya explicado mal o el paciente no haya entendido bien las recomendaciones. El paciente alcohólico que conocí de estudiante es una buena muestra de ello. Quién sabe si realmente una recomendación algo frívola de beber un vaso de vino en las comidas (que quizá reduce el riesgo cardiovascular pero aumenta el riesgo de ciertos tumores) ocasionó en el paciente, tras un periplo más o menos azaroso, una adicción con ingreso en psiquiatría incluido. Por otro lado, quizá sólo se trató de una mentira piadosa que el paciente contó a un estudiante de quinto (y de paso, se contó a sí mismo). Quizá. Pero, aunque la historia concreta sea un invento del paciente a posteriori, como dice el dicho: “si non e vero, e ben trovatto”.

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