¡¡veinticinco años no son ná!!


Veinticinco años. Ni más ni menos que 25 años desde la graduación de mi promoción de Medicina. Nos tocó estudiar el MIR en el verano de 1992. Mientras los deportistas de Barcelona sudaban la camiseta, los médicos sudábamos la neurona. Muchos nos sentíamos como corredores. Desde luego, de larga distancia. Y ya muy cerca de la meta. O lo que creíamos que era la meta, y era la parrilla de salida. Me encanta ese meme que dice: “¿te acuerdas de cuando querías ser mayor para hacer lo que quisieras?... ¿Cómo vas con eso?” Pero no me quiero desviar del tema: Intensísimos años de estudio, prácticas en el hospital, rotaciones en los servicios clínicos, exámenes. Los tres primeros años preclínicos, en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Desconectada del campus principal de la universidad, quizá por ello con una vida universitaria algo limitada. Los tres últimos años, pasados casi íntegramente en el hospital. La promoción se dividía en cuatro grupos, uno para cada hospital, así que se perdía el contacto con compañeros de los primeros años.

En las próximas semanas mi promoción celebrará que han pasado 25 años, y que cumplimos las bodas de plata con nuestra profesión. Un año para hacer balance. Balance personal y balance profesional. En este post va de momento el balance profesional general. No quiero parecer el típico personaje que sólo se mira el ombligo.

Decir que la medicina ha cambiado mucho en estos años sería una perogrullada. O quizá sería otra cosa: quizá sería….. falso. Hay pequeños cambios, desde luego: medicamentos que eran la gran novedad en 1992, ahora son fármacos genéricos (libres de la patente correspondiente), o han sido superados por opciones más eficaces, con menos efectos secundarios, y generalmente más caras. La medicina basada en la evidencia, un concepto desconocido entonces, ahora está tan implantada que empiezan a oírse voces en su contra. Porque para mejorar, siempre hay que superar lo establecido. La cirugía mínimamente invasiva y el uso intensivo de las técnicas avanzadas de imagen para planificar y llevar a cabo las intervenciones quirúrgicas han mejorado sustancialmente los resultados y la calidad de vida de nuestros pacientes. El big data ya está siendo una revolución en nuestro entendimiento de muchas enfermedades, en el seguimiento de las enfermedades crónicas, en la prevención primaria, y en el diagnóstico precoz. Los pacientes tienen cada vez más información (no sé si decir conocimiento) sobre las enfermedades, sobre la salud, sobre los hábitos perjudiciales y saludables. E, indudablemente, los médicos tienen una cantidad de conocimientos inconmensurablemente mayor que los médicos de hace 25 años. Al alcance de la mano. A un clic del ratón. Y aún así…

Y aún así, la medicina, en lo básico, no ha cambiado. Las personas que acuden al médico siguen buscando que el médico les cure. Pero también que les escuche, les atienda y les acompañe en la enfermedad. Claro que hay pacientes difíciles, que pretenden curas inmediatas (a poder ser, con una pastilla), o diagnósticos precisos a golpe de resonancia magnética. Siempre los hubo. Siempre los habrá. Por supuesto que la relación con el paciente es más complicada cuando el tiempo es limitado, cuando el médico mismo está agotado por el trabajo clínico, el trabajo administrativo, la docencia y la formación. Cuando el paciente acostumbrado a la inmediatez de la modernidad se enfrenta a los tiempos lentos de las pruebas clínicas (ni hablemos aquí de las listas de espera). Cuando hay que explicarle al paciente que su biopsia tarda 5 días en ser procesada e informada. Cuando algún paciente no entiende que la medicina no es una ciencia exacta.

Pero nada de eso importa cuando se produce el momento estelar en la vida profesional del médico. El momento para el que se ha venido preparando durante años. El momento crucial: es el momento en que entra el siguiente paciente en la consulta. En ese instante, todo vuelve a empezar. Y es que la medicina es un trabajo tan intensamente humano que resulta incluso difícil de explicar. Por poner un ejemplo: todo vale para orientarnos en el diagnóstico. Cómo entra el paciente a la consulta, sólo, acompañado, lentamente o muy rápido. Si se sienta enseguida o se queda de pie. Si empieza a contar su problema sin mediar saludo o espera a que yo le pregunte. Si se sorprende cuando le doy la mano (sí!!! Algunos se sorprenden!!!). Si va al grano con sus síntomas o comienza con el Cretácico. Si su vestimenta es adecuada o chirría. Muchos son pequeños indicios. Esta investigación de los matices es una de las cosas que permite que la medicina, si uno sabe discernirlos, nunca sea una profesión aburrida. Utilizar razonamiento heurístico, que así se llama. Atajos mentales imposibles de explicar, con los que muchas veces damos en el blanco sin saber ni cómo hemos acertado, y con los que a veces nos equivocamos estrepitosamente. Como cuando sospechas un inicio de demencia porque el paciente va despeinado. O cuando sospechas que el dolor de cervicales indica un proceso tumoral porque el paciente tiene lesiones de rascado en el antebrazo. O cuando crees ver una relación de pareja fracasada por una mirada de soslayo.

En 1992 nos decían que meteríamos los síntomas del paciente en el ordenador, y saldría el diagnóstico instantáneamente. “Sistemas expertos”, los llamaban. Pues eso tampoco ha llegado. La medicina sigue siendo una profesión humana. Tengo que reconocer que me resulta incómodo decir “profesión humanista”. Me suena a “profesión que tiene todos los atributos de humanidad…. sin serlo”. Como un servicio de atención al cliente “personalizado” (échate a temblar, será la cosa más impersonal del mundo). Es una profesión humana porque se establece un vínculo entre dos seres humanos. Por supuesto, es un vínculo diferente al de hace 25 años. Pero es que todos los seres humanos nos relacionamos de un modo diferente a como hacíamos hace 25 años. ¿quién se pasa una hora al teléfono? ¿quién escribe cartas?

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